Los Números
Cómo el progreso de los titulares oculta una tensión estructural, y qué monitoreará The SAVI Group antes de comprometer capital significativo.
La narrativa económica argentina ha cambiado dramáticamente desde que el Presidente Javier Milei impuso la terapia de shock. La inflación mensual ha caído, el Tesoro registra ahora un superávit primario[9][6] y los bonos soberanos han disfrutado de un poderoso rally. Sin embargo, bajo estas ganancias ópticas yace un equilibrio delicado que puede romperse con facilidad. Tres fuerzas mantienen al sistema en una suspensión incómoda: un balance del banco central cargado de pasivos remunerados en pesos aún respaldados por reservas netas negativas; una economía real que continúa contrayéndose mientras la pobreza se profundiza, erosionando el capital político; y una resistencia legal e institucional que amenaza con detener reformas pivotales. Un único choque externo o doméstico, una caída abrupta de los precios de las materias primas, un fallo judicial adverso o una fuga de depósitos una vez que se relajen los controles de capital, podría destrozar la confianza, forzar una devaluación desordenada y revertir el frágil progreso.
Las cifras cuentan la historia. Los precios al consumidor que subían veintiún por ciento mes a mes en diciembre de 2023 desaceleraron a 1,5 por ciento en mayo de 2025, el ritmo más bajo en cinco años.[1] Al mismo tiempo, el Estimador Mensual de Actividad Económica mostró una contracción de cuatro coma dos por ciento interanual en abril de 2025, y los indicadores compuestos privados vienen registrando lecturas interanuales negativas desde enero de 2024.[2] La pobreza se disparó a cincuenta y tres por ciento en la primera mitad de 2024, el peor nivel desde la crisis de hace dos décadas,[3][7] y las encuestas indican que los salarios reales siguen sin alcanzar a los precios. El tejido social se deteriora, por lo tanto, aun cuando la inflación general mejora.
Los balances externos ofrecen escasa tranquilidad. El banco central pasó de compras significativas de divisas a comienzos de 2024 a ventas netas de aproximadamente mil setecientos ochenta millones de dólares en marzo de 2025, su mes más débil del programa actual, según su propio informe del mercado cambiario.[4] Las reservas netas permanecen en torno a menos seis coma cuatro mil millones de dólares,[4][5] una restricción que mantiene a Argentina excluida de los mercados voluntarios a pesar de spreads más ajustados. Fitch Ratings señala que las modestas ganancias de reservas de 2024 ya se revirtieron en 2025 a medida que se desarman las operaciones de carry trade, lo que subraya lo delgado que sigue siendo el colchón externo.
El frente fiscal luce más sólido: el gobierno alcanzó lo que llama déficit cero, con superávits primarios durante ocho meses consecutivos. Buena parte de ese ajuste, sin embargo, refleja la suspensión de la indexación previsional y las reiteradas demoras en el recorte de los subsidios energéticos, medidas hoy bajo impugnación judicial y legislativa. El reciente veto presidencial a un aumento de siete por ciento en las jubilaciones, equivalente al 0,9% del producto interno bruto, ilustra el escaso margen que existe dentro del sobre fiscal. Cada nueva medida cautelar o proyecto de gasto amenaza con reabrir la brecha.
La Fragilidad Oculta
La ingeniería monetaria añade una capa más de fragilidad. Entre mayo de 2024 y julio de 2025, el banco central redujo el stock de pasivos remunerados de aproximadamente 32 billones de pesos a 24 billones de pesos.[4] Sin embargo, más del sesenta por ciento de ese stock se encuentra ahora en repos overnight rescatables, no en los instrumentos de mayor plazo que reemplazó. Servir esos pasivos aún le cuesta al banco unos dos billones seiscientos mil millones de pesos cada mes,[4] dinero que será impreso a menos que los superávits fiscales lo esterilicen. El Real Instituto Elcano calcula que una dolarización creíble, o incluso una flexibilización integral de los controles de capital, exigiría una acumulación inmediata de reservas de treinta y cinco a cuarenta mil millones de dólares para respaldar esos activos en pesos. Sin ese colchón, cualquier desplazamiento a gran escala de bancos o depositantes hacia el dólar amenaza con desatar una corrida contra el peso similar a la crisis de la lira turca, pero sin prestamista de última instancia en la moneda de destino.
Los vientos en contra legales e institucionales agravan el desafío. Los capítulos laborales del mega decreto de la administración permanecen suspendidos por las cortes federales; provincias como La Rioja se encuentran en default externo mientras otras enfrentan rendimientos de dos dígitos; las subas de tarifas energéticas han sido postergadas nuevamente; y las huelgas recurrentes, las protestas estudiantiles y los enfrentamientos violentos frente al Congreso ilustran la resistencia social. Cada evento erosiona los ahorros proyectados, desacelera la desregulación y eleva el costo político de mantenerse en el rumbo actual a medida que se acercan las elecciones legislativas de octubre de 2025.
Los ganadores y perdedores se perfilan con claridad. Los grandes exportadores de granos se beneficiaron de un dólar soja temporal que generó miles de millones de dólares en liquidaciones y sostuvo brevemente las reservas. Los bancos capturan altos rendimientos reales en repos mientras trasladan el riesgo de duración al banco central. Las grandes energéticas disfrutan de una marea regulatoria favorable al inversor, respaldada por el Fondo Monetario Internacional. En contraste, los hogares de ingresos fijos, los jubilados y quienes perciben el salario mínimo han visto sus transferencias reales congeladas o vetadas; los investigadores públicos y los empleados estatales enfrentan despidos y recortes presupuestarios superiores al veinte por ciento; y las pequeñas firmas dependientes de importaciones lidian con tasas de préstamo que llegaron a rozar el noventa por ciento anualizado y con un acceso desigual a las divisas.
En conjunto, estos elementos conforman el verdadero talón de Aquiles del esfuerzo de estabilización. Llámelo la bomba de tiempo del peso alojada en un campo minado político. Pasivos overnight que pueden licuarse a voluntad se asientan sobre un balance sin moneda dura neta; el contrato social está tensado al límite por la caída de los ingresos reales; y los opositores institucionales ponen a prueba cada reforma en los tribunales. La espiral que se retroalimenta es fácil de imaginar: un revés judicial o un shock en los precios de las materias primas sacude la confianza; depositantes y bancos corren hacia el dólar; el banco central emite pesos para honrar los repos o devalúa abruptamente; las expectativas de inflación saltan; el apoyo a la austeridad se evapora; y el superávit desaparece justo cuando los mercados externos vuelven a cerrarse.
¿Existe una rampa de salida creíble? Solo una secuencia que adelante la acumulación de reservas mediante mayores desembolsos del FMI, líneas de swap bilaterales y canjes voluntarios de deuda por reservas; que blinde los balances bancarios alargando los vencimientos de los repos y convirtiendo parte del stock en títulos del Tesoro indexados; que proteja a los hogares más pobres con transferencias de efectivo estrictamente focalizadas que cuesten menos de medio punto del producto interno bruto; que comparta el ajuste con las provincias bajo topes de gasto exigibles; y que avance las reformas en tramos jurídicamente seguros puede convertir el respiro actual en estabilidad duradera. Sin esa matriz de acciones, el plan sigue a un shock del colapso.
Perspectivas: Señales a Observar y la Postura de The SAVI Group
La estabilización de Argentina descansa, así, sobre una cornisa estrecha. La inflación cae; los bonos han repuntado; sin embargo, las vulnerabilidades subyacentes, un banco central con reservas netas negativas que promete convertibilidad a un sistema bancario repleto de pesos overnight, una economía real que sigue contrayéndose e instituciones capaces de frustrar los ahorros, podrían combinarse en una espiral que se retroalimente si la confianza flaquea. El camino hacia la resiliencia exige una acumulación anticipada de reservas mediante tramos más amplios del Fondo Monetario Internacional, líneas de swap bilaterales y canjes voluntarios de deuda por reservas; un alargamiento de los vencimientos de los repos y un canje parcial a títulos del Tesoro indexados para blindar los balances bancarios; transferencias sociales focalizadas, financiadas con la racionalización de subsidios, para evitar una mayor erosión del capital político; topes vinculantes al gasto provincial atados al financiamiento puente; y un cronograma legal que avance solo las reformas de alta durabilidad constitucional.
The SAVI Group observará cuatro señales objetivas antes de reclasificar a Argentina de oportunidad bajo observación a oportunidad lista para el compromiso. Primero, la inflación mensual de un dígito debe traducirse en una tasa anual sostenida por debajo del treinta por ciento, respaldada por superávits fiscales continuos logrados sin maniobras contables. Segundo, las reservas netas deben volverse positivas y tender hacia la trayectoria objetivo del Fondo Monetario Internacional, demostrando que el banco central reconstruye un colchón en lugar de defender una posición negativa.[5][8] Tercero, la proporción de pasivos remunerados atrapados en repos overnight debe caer materialmente, con evidencia clara de que los costos por intereses disminuyen en pesos y se esterilizan mediante una demanda genuina de instrumentos del Tesoro. Cuarto, la agenda de reforma debe sobrevivir tanto el escrutinio judicial como las próximas elecciones legislativas, señal de que las garantías legales ofrecidas hoy a los inversores perdurarán más allá de un ciclo político.
Si estas condiciones toman forma, una economía que crece tras la contracción actual, un mercado cambiario liberalizado sin desatar otra devaluación desordenada y el inicio visible de grandes proyectos RIGI, estaremos preparados para pasar de observadores a participantes, asignando capital de larga duración a sectores como la energía renovable, los minerales críticos y la infraestructura logística. La promesa de Argentina sigue siendo vasta. Su equilibrio, por ahora, sigue siendo precario. Nuestra postura, por lo tanto, permanece neutral pero atenta con agudeza a los datos que mostrarán cuándo la prudencia puede ceder paso a la convicción.